Quería quedarme, seguir contándole mis cosas y oliendo esas flores que adornaban su tumba, pero el frio y la obscuridad me obligaban a alejarme cada vez más, aunque lentamente, de la última morada de uno de mis grandes amigos en vida. Ahora un gran confidente luego de su trágica y confusa muerte. Entre lo que le contaba y las preguntas que aun le hacía en mis pensamientos se colo un aroma frutal, ya conocido para mí, que tenía mucho tiempo que no había sentido. Confundido, mis pensamientos me dejan en silencio y me ponen a buscar por todas partes a la esencia, y a su dueña. Imaginé que iría a verlo a él, pero no lograba estar muy convencido, luego de la muerte de él ella simplemente había desaparecido. Nunca supe mas de ella. De María. Era algo que me pesaba pues aun manteniendo la relacion sentimental con él, se involucró conmigo en más de una oportunidad mostrandose como era en realidad y no como se aparentaba al lado de él, fueron historias a medias que si bien juntas no llegan a construir una excelente historia de amor, por separado se pueden deshilachar varios encuentros de amor fugaz y verdadero.
Con el atardecer casi oculto, la esencia eterna de su pelo y la confusión de mis pensamientos, ya divagando, llego casi inconscientemente a la tumba de él, ella no está, pero noto que las flores de su tumba ahora estan acompañadas de otro olor: el de una trenza de cabello. - ¡Es de María! - me dije jocoso para mis adentros, con una felicidad casi palpable. Estaba seguro que era de ella. Pelo negro, liso y fino,
con olor a frutas tropicales y playa. Absorto por mi reciente encuentro y con mis pensamientos a mil por hora, pasé por alto un sobre de papel que decia "Para Tí", que luego tomé rapidamente pregutandome, algo confuso algo confiado, ¿será para mí?
Llego a mi casa mas tarde esa noche. Esa fría noche. Me quito la pesada carga de ropa que me mantenia caliente, me preparo una taza de café y me siento con el sobre de papel, aún intacto, en mi escritorio. Aun dudando si abrirlo o no - Quiza no sea para mí - pensaba. Sorbía un poco del caliente y negro café y caminaba al rededor de la habitación. Encendí un cigarro. Tenía meses que no fumaba. Aun conservaba un par para casos de emergencia y el sentir a María y no poder haberla visto era definitivamente un caso particular: logró despertarme muchas ansias y deseos que creía olvidados. Convencido de lo que su recuerdo me hacía sentir, abro el sobre para encontrarme con...
"Mi querido amante de algunas noches, mi buen amigo de tantas. Cada vez que intento venir a visitar la tumba de él, siempre estás tu. Parece que él quiere que nos cruzemos. Pero yo no puedo. No sé en realidad que pensar. Pues tu recuerdo me abruma cada noche pero también lo hace el recuerdo de sus manos, de su boca. Y yo misma me condeno, pues lo traicionamos más de una vez. Pero luego una parte de mí me calma. E a parte que me hace pensar en nuestros momentos...."
Paré de leer... María está viva! Esta bien! Y está pensando en mí!
Si bien he estado en varías relaciones amorosas, lo que María me hizo sentir todo el tiempo, incluso estando con él, fue algo que no pude encontrar en ninguna otra mujer. Y que estaba dispuesto a volver a sentir. Seguí la carta.
"...en esos momentos únicos en los q eramos libres en todo aspecto. Pero estoy muy asustada. Sé por que murió él. Y es algo q me gustaría hablarlo contigo, delante de él. Espero verte la próxima vez que vayas a visitarlo, seguro estaré yo también."
Entre la emoción que me desperto el hecho de saber que volvería a ver a María, pasé por alto lo asustada que estaba, o por que lo estaba, incluso ignoré eso de "... sé por que murió él."
Era un frío domingo, además de ser lluvioso. Decidí que era un día perfecto para irlo a visitar. Nos gustaban estos dias para juntarnos a crear cosas. Y el cementerio no está a mas de 3 cuadras de mi apartamento. De hecho, con mi telescopio puedo ver su tumba desde mi balcón. Paso por la florería de costumbre y compro las flores que más olor desprende. Me acuerdo de repente de la carta de María. Compro otro ramo, un poco mas colorido, para ella y nuestro encuentro.
Ahora recordaba el final de su carta. ¡Ella sabe el por qué de su muerte! Además, ¿como ha de saber cuando voy a visitarlo? Es cierto q nos conocía muy bien a ambos, a mí incluso más que a él. Ahora me encontraba sudando por la ansiedad en medio de una brisa helada. Mis pasos se hacian mas lentos y largos a la vez. El tiempo caminaba con pies de plomo. Y mi ansiedad crecía, compitiendo por la emoción que despertaba mirar a los ojos a María.
Entro al cementerio. Corro, sin saber por que, al encuentro de mi amigo, al encuentro de María, al encuentro de sus palabras y, quizá, de una verdad diferente, de una diferente realidad.
Jadeando y ansioso me detengo a cinco metros de mi destino, puedo oler frutas: ella está parada frente a su tumba, dándome la espalda, y el viento jugaba con su pelo, me traía su aroma. Me recompuse, agarré un poco de aire y caminé a su encuentro. Al encuentro de los tres.
Tuve que acelerar mi paso, María empieza a caer desplomada al piso. En mi desesperación por alcanzarla antes de que caiga de bruces suelto todo lo que tenia en mi mano, entre esas cosas su carta. Logré agarrar su cabeza antes de que golpeara al piso. Desesperado grito su nombre, golpeo su rostro, algo demacrado no se si por el tiempo o por cosas de la vida, y la muevo incesantemente... pero es inutil. No despierta. Y noto la ironía de la tragedia: María a muerto y la tengo en mis brazos, justo frente a la tumba de él. Veo en su tumba flores parecidas a las que yo
siempre traía... además de otra carta. No dude en guardarla. Y en llamar a las autoridades para contar lo acontecido.
De nuevo con mi taza de café, dando vueltas en mi estudio con la carta en mi escritorio. La ansiedad me está matando, ¿que dirá la carta? ¿sabía María que quiza no duraría para hablar conimgo? ¿tendrá que ver la muerte de él en todo?. Abro, dudando y temblando, el sobre de papel. Me encuentro con dos hojas, una escrita a mano en ambas caras, y otra que resulta ser los análisis de una reconocida clínica.
Leo primero sus letras... "Sabía que no era mucho el tiempo que me quedaba para poder realizar este encuentro, pero no pensé que fuera tan poco. Me hubiera gustado hacer y hablar tantas cosas contigo. Pero la muerte de él me transformó por completo. Lo hizo aún más al saber el por qué de su muerte. Fue dificil averiguar como murío, pero un amigo de él en la clínica logro conseguirme su autopsia. No fue un paro cardíaco la razón de su muerte. Él tenía sida. Creí que tu siempre lo habías sabido. Incluso mientras me hacías el amor a mí. Pensé incluso que tu también tenías sida y que ambos jugaban conmigo. ¡Llegue a pensar tantas cosas! Hasta que decidí venir a verlo y tu estabas aquí, contandole tus anécdotas y preguntándole que estarían haciendo si estuviera aquí. Eso me hizo comprender que no sabías nada de su muerte. Y me hizo sentir culpable por irme y dejarte solo en un momento como ese. Junto a esta carta estan mis analisis más recientes, tengo sida en estado muy avanzado y los médicos no me dan mas de dos semanas de vida. Espero que sea suficiente para acomodar y aclarar las cosas de mi vida y la nuestra. Te envió un beso. Perdón por no poder dartelo. Perdón por todo"
La carta me dejó frío.
Hacía ya 8 años q yo era cero-positivo, me contagié en un viaje a India, por joven e inocente. Tenía controlada a la enfermedad, o eso creía, y procuraba siempre estar protegido. Yo la contagié a ella. Ella lo contagió a él. Y la enfermedad supo como encontrarse con el destino para condenarme.
Pienso en ella. En su cuerpo inerte sobre mis brazos. Quiza no sea la única que ha muerto por estar contagiada, pero sin duda, la primera que muere tan cerca de mí y mi corazón. Pienso en él y en lo que hizo mi traición.
Pasó el tiempo. Yo seguía con el tratamiento. Y con mis aventuras. Escribiendo poemas a la muerte y adulando a la noche. Como siempre. Un día suena el intercomunicador de mi apartamento - ¿Señor? ¿Señor? ¿Es usted el amigo de él y de María? Tengo algo para usted. ¿Señor? - me preguntaba una voz femenina familiar. Quedé paralizado. Tenía mi dirección ¿porque nunca se acercó?. Me calzo mis sandalias, ya el calor del verano está a tope, y me remito a recibir el paquete sin mucho entusiasmo.
Reconozco a la hermana de María al abrir la puerta del ascensor. Con un bebé en sus brazos. Aún no entiendo bien que es lo que sucede. Me apresuro a abrirle. Mientras abro la puerta, ella me regala media sonrisa y me pregunta si puede subir, que le gustaría hablarme. Sin titubear pasó y me esperó en el ascensor.
- Es tu hijo... y el de María - me dice - tiene ya seis meses, yo lo estoy cuidando ya hace algún tiempo, desde que María vino a tu encuentro. Quería venir sola. A hablar contigo de algo que tenían en común, aparte de esta criatura.
Estoy mudo. No se que decir. ¿Porque no había dicho nada antes?
- Eh... María... - balbuceo.
- Sí, está muerta, lo sé. Me dijo que no iba a durar mucho. Y me dijo q apenas me enterara de su muerte, te trajera a tu hijo. Que tu entenderías y que lo ayudarías a crecer.
Mi hijo. Por Dios. ¡Tengo un hijo! ¿tendrá la enfermedad también? Deje de distraerme, le agradecí su visita y la acompañe abajo; tenía mucho que pensar y mucho que hacer con mi hijo.
Lo miré. De pies a cabeza. Es parecido a mí, con cierto aire a él. Tiene el pelo
de ella. Decido llamarlo igual que él. Más como ofrenda de perdón que como homenaje. Como un recuerdo vivo y hermoso de su vida y la mía y la de María. Y aparté la cita con el doctor para hacerle los examenes correspondientes.
Ese día, con él en mis piernas, sentados en la oficina del doctor, la ansiedad no solo me hace sudar si no también temblar. Espero que no tenga la enfermedad, que María se haya dado cuenta durante el embarazo y haya podido cuidar de nuestro hijo.
- Muy bien, Señor - escucho que entra el doctor - tengo una noticia muy buena que darle, ¡el bebe está perfectamente sano! - salte de alegría - puede decirle a sus padres que no deben preocuparse...
- Disculpe doctor... ¿sus padres? creí que yo...
- Oh, lo siento, pase por alto esos resultado. Si, el no comparte tu ADN, ¿es de algún relativo lejano?
Casi inerte, como el cuerpo de María en mis brazos, veía como nuestra historia, la historia de tres que se amaban y lo sabían, se veía materializada en el niño que tenía en mi regazo. Es el hijo de él y de María. Y ella lo sabía. Ella sabía todo. Quizá él también lo sabía.
- Sí - le digo al doctor - es mi único sobrino, el hijo de mi mejor amigo...
Mientras pierdo mi mirada en su pelo negro.
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Final de cuento corto - Nosotros y María -
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